Diarios de viaje

Un día en Matsumoto, la ciudad del castillo negro

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Después de ver varios castillos y fortalezas samuráis en la zona de Nagano y Ueda, subimos al tren en la estación de Togura para ir a ver un castillo mucho más impresionante: el de Matsumoto.

Llegamos a la población de Matsumoto cuando ya había anochecido. Debíamos haber llegado antes, pero nos equivocamos de tren y perdimos el tiempo. En realidad, de Togura a Matsumoto solo hay una hora en tren. El problema fue que en el transbordo en Shinonoi se nos cruzaron los cables y tomamos el tren equivocado. Así que cuando nos dimos cuenta 30 minutos más tarde, tuvimos que dar media vuelta hasta Shinonoi y desde ahí tomar el tren a Matsumoto. Total, que como llegamos bastante tarde, en la estación de Matsumoto tomamos un taxi hasta nuestro alojamiento: el ryokan Seifuso. Nuestra habitación era muy amplia y ya tenía los futones preparados. Creo que ese día ni cenamos y nos fuimos a la cama directamente.

A la mañana siguiente, la luz del sol entró muy temprano a través del papel de las paredes de la habitación. Con energías renovadas, tomamos prestadas unas bicis del propio ryokan y fiuuuuuu bajamos a toda pastilla por la calle en dirección al centro. Matsumoto es una población de unos 240 000 habitantes y se puede llegar a todas partes en bici. A medio camino paramos en un combini (tienda 24h) para desayunar un café y una pasta. Normalmente en Japón solemos desayunar un choco-pan o un melon-pan. No son nada del otro mundo, pero son característicos de Japón. Y después: fiuuuuuu seguimos bajando por la calle estrecha junto al canal, aunque parábamos prudentemente en todos los cruces, claro. El cielo estaba nublado, pero por suerte parecía que iba a aguantar sin llover.

Teníamos muchas ganas de visitar el castillo y conforme nos acercábamos, este empezó a mostrarse tímidamente entre los edificios y por encima de las copas de los árboles. Finalmente, entramos en el parque y… ¡¡¡tachánnnn!!! El castillo de Matsumoto con sus torreones de paredes negras se alzaba muy elegante ante nosotros. ¡Qué pasada! Hasta ese momento del viaje habíamos visto fortalezas más bien pequeñas en Nagano, Ueda y Hikone, así que la visión de este castillo nos dejó embelesados. También influyó en ese primer efecto que el castillo se vea reflejado en el agua del foso que lo rodea por dos lados, con un largo puente de color rojo chillón muy bonito.

Cuando consideramos que ya habíamos hecho suficientes fotos, seguimos andando hasta la entrada. Justo ahí está la estafeta de las visitas guiadas gratuitas. Se trata de un servicio de guías que te acompañan por el castillo y te van contando su historia ¡gratis! ¿No es genial? Pues aún hay más: si te pones en contacto con ellos con un poco de antelación, pueden buscarte guías japoneses que hablen tu idioma. Eso fue precisamente lo que hicimos y así, en un momento, se nos presentaron dos hombres y una mujer dispuestos a ser nuestros amables cicerones por el castillo de Matsumoto.

La mayoría de estas personas que hacen de guías son jubilados que tienen ganas de practicar el idioma que están aprendiendo haciendo de guía. Cuando les preguntamos, varios de ellos nos respondieron que habían aprendido español a través de un programa de radio (!). Aunque pueda parecer lo contrario, la verdad es que hablaban muy bien y se les entendía perfectamente. Sobre todo si tenemos en cuenta que para explicar detalles de un castillo es necesario tener un vocabulario bastante específico.

Nos sentíamos sobreprotegidos y sobreatendidos por nuestros 3 guías, a los que se unió el jefe de la estafeta porque en ese momento no tenía otros visitantes a los que acompañar. Y así comenzó nuestra genial visita al castillo de Matsumoto, donde aprendimos un montón de cosas. Algunas de ellas me dio tiempo a apuntarlas apresuradamente en una libreta de notas, así que ahí va:

Para empezar atravesamos el portón principal el «Kuromon» o «portón negro» donde se observa el emblema de la flor de la paulownia de la familia samurái de los Toyōtomi. Durante la era Meiji, el emperador decidió destruir todos los castillos de Japón, pero este se salvó gracias a los esfuerzos de dos hombres: el señor Ichikawa, propietario de un periódico local, compró los terrenos del castillo y lo conservaron. Por su parte, el señor Kobayashi, director de un colegio de la ciudad cuyos alumnos practicaban el béisbol en el recinto del castillo, fundó una organización para preservar el torreón principal.

El castillo se construyó en el s. XVI a finales de la era Sengoku. Sin embargo, nunca llegó a ser atacado en ese periodo de guerras civiles constantes y, lo más extraño, nunca fue víctima de ningún incendio. Por eso se alza igual que siempre y Matsumoto se ha convertido en uno de los 5 castillos considerados «Tesoros Nacionales» de Japón. Los otros cuatro son los de Himeji, Hikone, Inuyama y Matsue. Pese a no requerir ninguna restauración, hace 60 años se le hicieron algunas reformas para asegurar su estabilidad.

En el siglo XVI, Japón estaba plagado de castillos como correspondía a una nación sumida en guerras constantes. Se calcula que había unos 3000 castillos, y la mayoría eran toscas fortalezas de montaña (como el de Aratojo que visitamos en Togura). El castillo de Matsumoto aún no existía, pero había una pequeña fortaleza en su lugar llamada Fukashi.

A principios del s. XVII, Tokugawa Ieyasu se hizo con el poder y se propuso mantener la paz a base de reducir el poder marcial de sus vasallos. Una de sus medidas fue prohibir que los señores feudales tuvieran más de un castillo en sus dominios. Así, el número de fortalezas se redujo a solo 170 en todo el país.

Otra consecuencia de esta medida es que los castillos, al ser menos numerosos, se hicieron más grandes y suntuosos, pues los señores feudales los usaban para demostrar su poder. A esta gama de nuevos castillos del s. XVII pertenecen Himeji y Matsumoto, por ejemplo.

El señor que pasó a gobernar la villa de Matsumoto en 1592 era Ishikawa Matsumasa, un vasallo de Toyōtomi Hideyoshi. Fue él quien inició los planes de construcción del castillo, pero su hijo lo sucedió tras su muerte dos años después. Aun así, tampoco él llegó a disfrutar del castillo completo. Aunque se cambió de bando y se alió con el clan Tokugawa, fue acusado de participar en un complot contra este y se le confiscó su casta samurái. En 1613, Tokugawa Ieyasu devolvió aquel dominio al clan samurái de los Ogasawara y fue Hidemasa Ogasawara quien lo vio completado en 1614. El castillo y las tierras a su alrededor cambiaron de propietario varias veces a lo largo de la historia y pasaron por las manos de 6 clanes samuráis distintos.

El castillo de Matsumoto se compone de cinco secciones con tres torreones de distintas alturas. El torreón principal tiene 6 pisos, aunque desde fuera se observan 5 tejados. Esta es una característica de los castillos japoneses de la época: trataban de confundir al invasor haciéndole creer que tienen menos pisos. Mirando de frente a la entrada, tiene un torreón menor unido a la derecha.

La parte del castillo que queda a la izquierda del torreón principal se construyó mucho después, en 1635, y apenas tiene defensas. Se trata de un ala cuyas paredes pueden abrirse por tres lados ya que se usaba para la afición de contemplar la luna (el «tsukimi»). El señor feudal que gobernaba el castillo en ese momento la mandó construir para recibir una visita del shogún. No obstante, al final el gran dirigente de la nación no pudo acudir debido a que se cerró la carretera del Nakasendo debido al mal tiempo.

Mientras nos acercábamos a la entrada del torreón principal con nuestro séquito de guías, nos topamos con un señor disfrazado de samurái que estaba ahí para hacerse fotos con los turistas. No pudimos resistirnos a la tentación y nos hicimos varias fotos con él.

Una vez al pie del castillo, aprendimos a fijarnos en las defensas exteriores que se usaban para impedir que los asaltantes pudieran trepar tranquilamente por los muros inclinados. De los castillos japoneses sorprende ver cómo se alzan sobre unas bases de rocas con una ligera pendiente, que supongo es muy necesaria en una tierra que sufre tantos terremotos.

Luego nos descalzamos y entramos. El interior es todo de madera y bastante austero como corresponde a cualquier fortaleza militar. Por suerte, al contrario que en el castillo de Himeji, el de Matsumoto tiene bastantes elementos en los que fijarse durante la visita por el interior.

En el centro se observa una enorme columna de madera. Es tan impresionante que se cree que habita en ella un kami (uno de los miles de dioses del sintoísmo). Bajo nuestros pies, 16 pilares clavados en la tierra sostenían el peso de todo el edificio. En los años cincuenta estos pilares se habían podrido y la parte alta del torreón estaba ligeramente inclinada, como si el castillo estuviera decaído o enfermo. Por eso restauraron los pilares y los forraron de hormigón.

Luego nos fijamos en las distintas troneras. Unas cuadradas se llaman «yazama» porque estaban destinadas a disparar flechas a su través y otras más altas se llaman «teppozama» y estaban pensadas para poder disparar con arcabuz. A pesar de sus nombres, es posible que ambas se usaran para disparar con armas de fuego, ya que en la época de construcción del castillo esta arma ya estaba extendida por todo Japón y era especialmente útil en caso de asedio.

Frente a un mapa del castillo copiado en 1728 del original, nuestros guías nos hicieron una breve introducción a los castillos japoneses. Hay de 3 tipos: de montaña (como el de Aratojo), de colina y de llanura. Estos últimos solo se desarrollaron cuando hubo una gran necesidad, ya que los otros dos son más fáciles de defender. Para defender mejor un castillo levantado en el llano, se rodeaban con varios fosos de agua. En el caso de Matsumoto eran tres, de los que hoy en día solo se conserva el más cercano al torreón principal. Además del torreón, este foso protegía el palacio del señor feudal. Tiene una anchura de 60 metros, porque ese era el alcance efectivo de los arcabuces, y unos 2 o 3 metros de profundidad.

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