África

Excursión al Colored Canyon y snorkel en el mar Rojo

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Como el día anterior no habíamos hecho la subida al Monte Sinaí, Mohamed, uno de los empleados del hotel, nos recomendó hacer una excursión al cañón coloreado. Este cañón está situado a poco más de una hora de Nuweiba y, por tanto, se puede hacer la excursión en una mañana. Samer Aly, el propietario, nos comentó que él prefería el Rainbow Canyon, pero como está más lejos, es necesario hacer una excursión de un día entero. Al día siguiente íbamos a Petra, así que queríamos descansar un poco y por eso contratamos la excursión con el hotel.

En la zona apenas hay competencia, por lo que el precio era un poco caro (450 L.E./55 euros). Sin embargo, cuando nos dijeron que tanto el conductor como el guía eran beduinos ya no me sentó tan mal, porque el pueblo beduino de Egipto está bastante discriminado por las agencias que operan en el país, y hoy en día esta comunidad tan milenaria ha quedado reducida a casi la caricatura al tener que sobrevivir del poco turismo que contrata localmente las excursiones.

A las ocho fuimos a desayunar. El hotel servía un desayuno bufet bastante completo de 8 a 12 del mediodía. A las 8.30 nos vinieron a buscar y nos fuimos en un 4×4. Recorrimos una carretera asfaltada durante una hora, pero luego seguimos una media hora más off-road dando saltos por los asientos del todoterreno. Finalmente llegamos a una zona elevada desde la que podía verse un paisaje montañoso impresionante. Raaji, un chico beduino de 16 años, era nuestro guía y bajamos la montaña con él hacia el cañón. Una vez abajo, Raaji descubrió entre las piedras a un lagarto camuflado. Allí nos paramos a hacerle algunas fotos desde lejos hasta que nos vio y se piró.

Anduvimos por una garganta serpenteante y muy blanca. En un punto del camino nos encontramos con que una roca había caído y había dejado una pequeña abertura debajo por la que teníamos que descender unos dos metros para seguir la senda.

Aunque a lo lejos se divisaban otros grupos pequeños, la verdad es que estuvimos casi todo el rato solos por allí y eso hacía que se pudiera disfrutar del paraje y de su silencio. Cuando llevábamos caminando una media hora, llegamos a la parte por la que el cañón recibe su nombre. Allí las piedras adquieren tonalidades amarillas, blancas, rojas y marrones haciendo dibujos realmente bellos. En medio de la nada, nos encontramos con un puesto en el que te podías sentar a descansar y tomar un té. Paramos un rato y nos adelantó una pareja italiana que hacía el recorrido con una gran agencia. La chica cantaba como una almeja allí, era como si la Barbie exploradora se hubiera perdido: rubia de bote, moreno de UVA, ojos y labios pintados, pechos de silicona con una camiseta negra de tirantes súper ajustada y unos tejanos rosa estridente cortados por medio culo (sí, se le veía medio culo). Realmente hay gente que o bien va disfrazada por la vida o es que realmente no tiene el sentido de saber vestir con propiedad.

Después de caminar casi dos horas, volvimos hacia donde estaba el coche. La subida no fue fácil: hacía calor y el sol picaba mucho. Al llegar de nuevo arriba, nos sentamos en un pequeño bar y mientras nos tomábamos un refresco fresquito en la sombra, disfrutamos de las vistas. Es extraña la belleza del desierto, algo tan inerte e inhóspito y a la vez tan bello, despierta en mí un sentimiento que aún ahora es difícil de explicar.

Al volver al hotel, Samer salió a recibirnos y estuvimos comentando con él cómo nos había ido la excursión. Nos dijo que a las 3 iba a ir a hacer snorkel en el arrecife que hay delante del hotel y nos propuso acompañarlo. Le dijimos que sí un poco por compromiso, porque en realidad no me apetecía mucho. Igualmente fuimos a la habitación para ponernos el bañador y darnos un baño antes de comer y al entrar vimos por primera vez lo de las toallas dobladas encima de la cama con forma de animales. Aunque personalmente me parece un poco cutre, ya me había empezado a creer que eso era una leyenda urbana. ¡Pero no!

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