África

Explorando Marrakech por Míriam

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El pasado verano, durante una excursión por el Camí de Ronda, Isabel nos comentó sus próximos planes de viaje: Italia, Indonesia y una escapada durante el puente de diciembre a Marrakech. «Si queréis apuntaros, ¡ya lo sabéis!». Nosotros pensamos: «¿por qué no?». Rápidamente buscamos unos vuelos lo más económico posible a Marrakech, que contratamos en la web de Destinia, e hicimos la reserva acto seguido para poder coincidir en el mismo Riad. Diciembre quedaba lejos todavía, pero a medida que íbamos investigando sobre nuestro destino, nos entraban más ganas de que llegase el momento.

Y finalmente diciembre llegó. Después de pegarnos un madrugón impresionante para ir hasta el aeropuerto de Reus, desde donde salía nuestro avión a las 7 de la mañana, llegamos puntualmente a las 8:30 al aeropuerto de Marrakech-Menara. Allí nos esperaba la persona que nos llevaría a nuestro alojamiento, el Riad Miski. De camino, vimos cómo el conductor iba adelantando carros, motos y bicis. A mí me sorprendió lo caótico que era el tráfico, pero Isabel me dijo: «¡en Egipto es peor!”». Enseguida entramos en la medina y alucinamos al comprobar cómo un monovolúmen de siete plazas podía abrirse paso entre callejuelas llenas de gente, motos y bicis yendo para arriba y para abajo.

Al llegar al riad, la propietaria nos dio la bienvenida y nos invitó a subir a la terraza para tomar un té con menta. Después del madrugón y de llevar más de seis horas en danza, agradecimos el detalle. Christine, que así se llama la propietaria del riad, nos dio un plano de la ciudad y nos indicó los sitios más interesantes para visitar y también nos marcó algún que otro café y restaurante donde comer. Además, nos dio algún consejo en cuanto a los precios, cosa interesante a la hora de tener que regatear. A mí me hacía ilusión hacerme un tatuaje de henna en la mano, pero había leído por ahí que a veces se usa henna negra (en vez de la natural) que contiene ingredientes químicos que pueden causar reacciones cutáneas muy malas. Además, me comentó que la mayoría de tatuajes que hacen a los turistas no tienen los auténticos diseños bereberes. Las buenas tatuadoras, dijo, son mujeres que dan algo de miedo y que se te llevan no sé a donde… y aquí ya se me quitaron las ganas. ¡Mi gozo en un pozo!

En fin… como eran algo más de las nueve y hacía más de tres horas que habíamos desayunado, nos fuimos a tomar otro desayuno a una hora más normal. Christine nos recomendó el Café des Épices, que tiene una terraza con una buena panorámica sobre la medina. Es un lugar lleno de turistas, pero la ubicación está muy bien. Sirven desayunos y sandwiches, principalmente.

Después del tentempié y de visitar la terraza del café, nos dirigimos hacia el zoco, dispuestos a perdernos. Había algunas tiendas cerradas y no encontramos demasiada gente. Se notaba un poco que era el día de la oración y que todavía no habían llegado los turistas en masa. Los vendedores enseguida reconocían de dónde veníamos y, aunque a la mínima nos invitaban a entrar y mirar, tampoco se hacían muy pesados. Finalmente, encontramos la salida del zoco y llegamos a la Mezquita de Ben Youssef. La mezquita en sí no se puede visitar (si no eres musulmán, claro) pero sí existe la opción de ver la madraza (escuela coránica) adjunta. De hecho, se puede comprar una entrada para visitar la madraza, junto con el Museo de Marrakech y la Koubba Ba'Adiyn, que es lo que finalmente hicimos.

El Museo de Marrakech se encuentra en el Palacio Dar Menebhi y la verdad es que nos fijamos más en el palacio que en las exposiciones de arte moderno que allí se exhibían. A continuación fuimos a ver la Madraza Ben Youssef, que nos pareció realmente espectacular por la decoración de cedro y las filigranas de estuco. ¡Nos quedamos embobados intentado fotografiar cada detalle de la decoración! A mí, personalmente, me encantó perderme un poco por las pequeñas estancias y patios laterales… Al salir, visitamos de pasada la Koubba Ba'Adiyn, un mausoleo en forma de cúpula en ruinas. Quizás no la debimos dejar para el final, ya que después de visitar la madraza no nos impresionó tanto.

A la hora de comer, nos decidimos por uno de los sitios que nos había recomendado Christine: La Terrace des Épices, que es la versión en restaurante del Café des Épices. El restaurante está en la terraza, como su nombre indica, y tiene una bonita vista sobre el zoco. La lástima es que no pudimos disfrutar mucho de las vistas, puesto que nos tuvimos que resguardar del viento bastante frío que soplaba. Comimos de menú: de primero ensalada de tomate, pimiento y pepino aderezado con especias, y de segundo, tajín de pollo al limón con aceitunas (¡todo muy rico!).

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